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Español
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El doncel de don Enrique el Doliente
Editorial:
El Cid Editor
Mariano José de Larra
Con El doncel de don Enrique el Doliente se inicia la publicación de la Colección Carrascalejo de la Jara, compuesta por más de 2,500 títulos, con la que El Cid Editor contribuye a la difusión de los clásicos tanto de la literatura como del pensamiento universales.
Se ha afirmado que con Mariano José de Larra comienza la prosa contemporánea en la literatura española, y la única novela que escribió no podría ser la excepción. Si bien fue un género apenas cultivado por un autor reconocido más que nada por su prosa periodística, El doncel de don Enrique el Doliente es una muestra más de las preocupaciones y el estilo claro, directo y efectivo, dotado de un particular manejo de la ironía, siempre asociada con el humor, que fue tan característico del escritor madrileño.
En esta extensa novela histórica de corte caballeresco ubicada en el siglo XV, Larra hace gala de su dominio de toda clase de recursos estilísticos. Entre enero y marzo de 1834 aparecieron los cuatro tomos que componen la obra, cuyo protagonista lo es también del drama histórico Macías que había sido prohibido por la censura el año anterior y que se estrena el 24 de septiembre, cuando ya, el 23 de abril, se había estrenado, del mismo género innovador, La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, que suscitó el entusiasmo de Larra en un artículo de crítica teatral en que los elogios se dirigen al dramaturgo y al político. Estos dos estrenos de aquel año abren el camino del drama romántico en España, antes de Don Álvaro (1835), El trovador y Los amantes de Teruel (1836).
Disponible también en papel. Su valor: US$ 20,00 (más gastos de envío). Solicítela a produccion@e-libro.net.
FRAGMENTO:
CAPÍTULO I
Mis arreos son las armas,
Mi descanso es pelear,
Mi cama las duras peñas,
Mi dormir siempre el velar.
Cancionero general
Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narración fidedigna, no nos parece inútil advertir a aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atención, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a épocas distantes y a siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad en nada semejante a este que en el siglo XIX marca la adelantada civilización de la culta Europa.
Tiempos felices, o infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la fácil comunicación entre los hombres de apartados países, ni la seguridad individual que en el día casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y exquisitas necesidades ficticias satisfechas, podían apartar de la imaginación del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma, de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta peregrinación, que nos conduce a término más estable y bienaventurado.
Mis arreos son las armas
Mi descanso es pelear,
podían repetir con sobrada razón nuestros antepasados de cuatro o cinco siglos: nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba a la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendían a equilibrarse, pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilización, se encontraban con extraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafíos, y a veces de crímenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la actualidad se conformarían.
Una incomprensible mezcla de religión y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que expendía sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devoción, o descubría de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir a descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada.
El caballero que volvía de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redención, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la Iglesia había depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, a imitación del hombre Dios, el perdón de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organización irascible, que a gala tenía; a la menor sombra de pretendida ofensa corría lanza en ristre a partir el sol del palenque, y a abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando a un tiempo, por una inexplicable contradicción, el nombre santo de Dios y el nombre profano de la dama por quien moría.
En vano la religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debía dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran también los cristianos, y había quien matando dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su
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